Tuesday, October 03, 2006

Confesiones en vuelo (el amor)

Me enamoro de las azafatas.
Me gustan sus antebrazos fuertes.
Lo que suele decirse “torneados”, imagen que sólo puede entender quien ha visto un torno determinar las curvas armónicas en la madera. Como en la pata de una cama, por ejemplo.
Las piernas y los antebrazos de las azafatas me gustan. Esa es al menos la porción de su cuerpo que habitualmente puede verse y no adivinarse, junto con el cuello y la cara.
Cualquiera que aprecie la belleza práctica y noble de la madera trabajada entiende la belleza de las azafatas.
Geishas aéreas. Aplicadas, finas, serviciales, en lo alto y finalmente inalcalzables.
Jóvenes SS de fines últimamente injustificados pero aparentemente románticos. Con el cariño duro y distante de la lealtad.
Itálicas de pelo sedoso y ojos grandes, estrellas de cine de postguerra. Divas.
Axis incuestionable.
El eje del placer aeronáutico.
Seres autoproclamados superiores.
Y pobre del que se atreva a decir lo contrario.

Confesiones en vuelo (la muerte)

¿Cómo se que puedo morir?
¿Porque soy frágil, imperfecto, y puedo romperme?
Dejo un espacio en tres puntos suspensivos para pensarlo.
...
¿Puedo morir?
¿Cómo saberlo?
Podés intuir tu fragilidad, porque has escuchado que alguien murió atropellado por un borracho, has visto a alguien morir de cáncer, has... (etc.) pero tu propia fragilidad es algo que no entendés hasta que te disparan dentro de un gran trozo de metal hacia una tormenta eléctrica. No hasta que el avión bate sus alas como si dentro estuvieran las extremidades mojadas y entumecidas de un gran pájaro intentando quebrar la coraza. Un cyborg alado, con el pico amordazado de asiento del piloto. Y no podés entenderlo, podés mirar la alfombra de nubes y un nudo en la garganta te dice que hasta aquí llega la comprensión de tu propia fragilidad, de tu pequeñez, de todo eso que el cura de la parroquia, tu amigo astrónomo, algún filósofo que intentaste leer te explicaron. Y no los comprendiste. Ni ahora. No lo hacés ahora porque ésta es tu tormenta, este es tu terror, son tus piernas más tensas que nunca y no comprendés al pájaro encerrado en el metal, tras la armadura de técnica y estadísticas favorables porque sería como entender al pez, tan cómodo en el agua.
Y tampoco lográs eso.
Pero hay una cosa, una sola cosa que si es parte tuya ahora, no es el hombre de ojos cerrados al tu lado, hay una cosa que incorporás, no es la longitud del pasillo, no es el ala, no es la voz de la azafata. No es nada, de hecho.
Es tu miedo. Y es tuyo. Y te hace preguntarte –mientras repetís mentalmente “este es mi miedo y quiero que me haga más fuerte”- ¿hasta dónde llegaría para volver a estar conmigo mismo?.
Hasta la muerte.

Same old, same old.

Lo típico es visitar los monumentos.
Fuera de lo típicamente típico existe a su vez lo típico, como ir a un café y fumar un cigarro mirando hacia fuera, o leer un libro. Uno puede vivir allí los detalles particulares como la taza enorme o el azúcar negra. Detalles a los que uno está nada acostumbrado y que recuerda mejor que los monumentos.
Ahora bien, fuera de lo típico existe lo típico y necesariamente lo que cae fuera, lo excéntrico, lo alejado y suburbano a la ciudad de lo tipificado.
Ahí, uno puede acercársele a una mujer policía y preguntarle:
-Señorita, una pregunta, ¿es delito en este país decirle a una agente de policía que está linda?
En esos lugares menos comunes uno puede preguntar algo así.
E imaginar que si la respuesta es no, puede dar por implícita una afirmación. En tanto que si la respuesta es si, pues no afirmar jamás una cosa así.
Quizás en esos sitios alguien ha paseado en la motocicleta de la agente de pantalón ajustado, oliéndole el rodete.
Yo, yo visito los monumentos y, eventualmente, tomo un café con azúcar negra y hojeo un libro levantando la vista de tanto en tanto para ver cómo se comporta la gente: el mozo del café, los vendedores ambulantes, el franciscano, los escolares, el mendigo, las ancianas, la agente de policía con el pantalón ajustado, etc.

Repentino, breve y equívoco paso por Escandinavia.

Un día de invierno venía yo caminando con mi reproductor de MP3 Bang&Oluffsen. Sonaba Possibly Maybe, de Bjork. Posiblemente, quizás, no estoy tan seguro. He perdido la precisión escandinava de tanto no viajar. Uno se vuelve más local mientras más permanece sin moverse.
Esto no pasa porque yendo a otros lugares otras costumbres suplanten a las propias. Lo que realmente sucede es que, quedándose, uno abandona el hábito de ir a otros sitios para llevar las propias costumbres (para dejarlas ahí, como un intercambio, a fin de que puedan disfrutarlas allá lejos)

En fin, al llegar a casa abandoné mi reproductor de MP3 sobre la cama. Estaba aturdido: me venían a la mente enormes barcos de madera de abetos, mascarones serpentiformes, largos remos, golpes espumosos contra la proa. Extrañaba viajar, eso es todo, sin duda –me dije.
Me dormí vestido. En medio de la noche sentí calor y me descubrí, convencido de estar tapado con pieles. Toda la mañana tuve una sensación de lo más incómoda.
¿Qué me pasa? –me preguntaba.
Ese día se fue tan lento que cada pensamiento alcanzaba a tomar la forma más definida. Como un artesano, fui tallando una idea noble. Esa noche armé un bolso. A la mañana compré un pasaje de ida a Oslo, desde donde me dirigiría a algún pueblo cercano. Los escandinavos no son muy espontáneos, de hecho planean muy bien sus viajes, pero qué decir.

Encontré una buena hostería para viajeros jóvenes. Backpackers. Extrañamente, no había casi extranjeros. Decidí que lo mejor era ir a un bar y mezclarse con los locales.
Por estos días, esta gente es de lo más civilizada y cuesta encontrar una taberna donde realmente suceda algo. Intuí que iba a durar poco en el lugar y empecé a planificar un escape hasta Irlanda, migrar como los antiguos. Tenía la determinación pero nada del carácter belicoso de aquellos. Bueno, uno de estos días cruzaría el mar.
En el bar, uno de los lugareños me miraba torvo. Era el único con barba ¿no deberían ser todos barbados y melenudos, en lugar de llevar el cabello tan corto y fino, y las caras límpidas y rosadas?
Se me acercó. “Se lo que está buscando” –me increpó al sentarse. ¿En qué idioma me habla? –recuerdo que pensé. Ordenó para ambos con un leve movimiento de cabeza. El cantinero, un tipo enorme y prolijo, me miraba inexpresivo al servirme aguardiente. El viejo –concluí que era viejo, pero no estaba seguro- me observaba, esperando que bebiera. Vacié el vaso de un trago mientras algunos se arrimaban hasta la barra. De pronto se abrazaban y comenzaban a canturrear, al principio muy suavemente, luego alzando la voz hasta entonar con vozarrones roncos y sonidos duros una canción. Mareado, los escuchaba como si conformaran un bosque que se mece y yo, diminuto, respirara hondo el viento fresco.

Como quien entra en un poema épico con sólo pararse sobre un manuscrito, empecé a imaginar que esto era lo que cantaban:

Los jarros en alto.
Un buen trago,
más que un sorbo
de esta bebida que,
a diferencia de la de ellos,
si requirió el trabajo de nuestras manos.

Este buen verano
nos sabe a un invierno helado
en el que sin embargo tuvimos calor.
Los jarros bien altos
como la última cebada
y la espuma rebotando contra la espuma.

El sonido de un tambor
que sólo se detiene cuando dejamos de navegar.
Un repique que se siente más fuerte
cuando nos duele el pecho
y tenemos que apretarlo con una mano.
Y la mano tiembla sin miedo:
un sabor difícil de describir,
como cuando lloramos al percibir belleza en algo.

Nuestro brebaje sí quita la sed
y puede tomarse a solas
-más no sin pensar en otros.
Y, oh, el humo que se resiste
a retirarse por la chimenea
en el centro del comedor.

Alrededor las mesas,
momentáneamente privadas
de vasos y cacharros.
Ya puede olerse el recuerdo
de la madera cortada
por una buena razón,
o saborearse el agridulce de la bebida
y la carne cocida con ciruelas.

Y oírse el redoble,
que sólo para cuando dejamos de remar,
pues aquél no llama a marchar:
es nuestra marcha la que hace sonar al tambor.

Lo último que oí fue como el trote brutal de cientos de hombres, o el golpe de cascos y relinchos. Desperté solo y babeándome sobre la barra. El cantinero enorme y rubicundo me esperaba paciente para limpiar el sector del mostrador que yo cubría.
Adelanté mi viaje a Irlanda. Intenté llegar hasta Westport con el menor número de enlaces posibles. Me sentía lleno de fantasmas y quería alejarme de un tiempo anterior que no sólo estaba en el pasado.
Una semana después ya estaba recuperado.
Todas las tardes iba a un pub donde las canciones y la cerveza eran lo habitual y de tanto en tanto las mujeres se reían de los hombres, tan cachetudos, rosados y entusiastas, o se sumaban al canto y al baile. De vez en cuando, si quería ver caballos, iba hasta la pista pero no apostaba. Otras veces, presenciaba campeonatos de fuerza y a veces hasta participaba de algunos. La cerveza tipo stout da gran vitalidad y si se la toma con ostras uno puede llegar a levantar grandes piedras o participar de un encuentro de hurling sin demasiado esfuerzo.
En una ocasión, un grupo de hombres se mostraba enormes tatuajes, desafiando al resto a superar el de cada quien. Otro gran grupo sin un solo tatuaje –en el que me incluía- se reía ante el espectáculo con complicidad. Cuando fue el turno de un viejo muy delgado, de barba larga, descubrió su espalda teñida por un gran círculo, dentro del cual tres espirales se arremolinaban y destejían hasta confluir en el centro.
La multitud había encontrado un ganador. Al festejar, victorioso, el viejo giró hacia mi. Pude distinguir su mirada torva, sólo que, en este caso, de mi lado. Era el viejo que sabía lo que yo buscaba.

Versión infantil del Japón.

¿Nunca te conté de cuando fui a Japón?
Cuando llegué estaba tan cansado que fui directo al hotel para dormir una siesta. El viaje desde Sudamérica es larguísimo y mi vuelo había ido “por atrás”, siguiendo al sol como cuando uno se esconde ante alguien que viene de frente y cuando pasa se le aparece por detrás para sorprenderlo. Fue una noche extensísima.
Aquel chiste es típico de Japón, no había día que un nene no me tomara por sorpresa. A veces el bromista era un hombre adulto. ¡Se te aparecen desde detrás de árboles o cabinas de teléfono, con esos trajes grises abultados (eran los ochentas) y el maletín en la mano y te dan un susto terrible!
Al final uno se hace amigo de ellos y terminan invitándote a cenar en sus casas (si es que tuviste suerte e intentaron asustarte a la salida de la oficina) Los hombres japoneses son muy hospitalarios y las mujeres extremadamente elegantes, incluso en la intimidad del hogar. Después de comer solíamos hacer un par de rounds de kendo en el patio, o practicar caligrafía (cuando los japoneses están cansados por haber trabajado todo el día ponen como excusa que el uso del pincel es análogo al de la espada, que el temperamento de un hombre se ve en su caligrafía, y bueno, uno no puede rehusar)
El postre se suele servir después de que la mujer, que oficia de árbitro, da por concluida la contienda, ya sea de kendo o caligrafía. En general fallan a favor de sus maridos. Es cierto que cada vez hay menos matrimonios en Japón, pero los que quedan son muy unidos.

Pero bueno... me he ido como por las ramas de un cerezo, te estaba contando la historia de mi viaje. La cuestión era qué hacer en lo que quedaba del día. Me fui a dormir una siestita, como ya dije, pero a mitad del viaje en ascensor (los ascensores japoneses eran la vanguardia en el negocio mundial de ascensores), iba fascinado con lo que veía a través del cristal, cada vez que pasaba un piso. Como los cuadros en el celuloide de un film costumbrista, las vigas de metal separaban cada cuadro de paisaje urbano y montañoso, todo mezclado bajo un azul acuarelado. Los rayos amarillos atravesaban la neblina, haciéndose verdes en el filo de los edificios. El ascenso me mostraba a la divinidad Amaterasu, poniéndome a su altura para poder disfrutar del espectáculo.
Embelesado como el dios Tormenta por la diosa de la Estrella, me sentí subyugado por la raíz del sol. Ni-hon. Este país debo verlo bien despierto, de día –me dije.

Sentí que ya había entrado en un sueño, por lo que en vez de dormir sólo un par de horas, decidí acostarme hasta la mañana siguiente. Pero dos horas es todo lo que logré descansar. Lo que sucede es que los japoneses tienen jornadas laborales larguísimas, y estiran las horas como chicle, que así parecen durar más tiempo.

Pero no te duermas, que ahora viene lo mejor: era como si hubiera descansado toda la noche, así que salí y, aunque ya no hubiese luz natural, empecé mi paseo.
Comí algo aquí y algo allá, en una feria en la calle, yendo de un carrito a otro. Pedí pulpo, algunos sashimis y ramen.
Durante una de mis cenas, de pronto, alguien me tocó el hombro. Al hacer girar el taburete en que estaba sentado, ví a Kaneda-san sonriéndome desde atrás de unas gafas para sol enormes que reflejaban miles de colores de neón.
Riéndonos, nos abrazamos. Entonces le dije:
-¿Por qué los anteojos?
-Oh, atardeció y me olvidé de quitármelos –y seguimos riéndonos.
Kaneda es un viejo amigo a quien conocí en un viaje anterior. En esa ocasión estaba yo presenciando un espectáculo de teikos (esos enormes tambores tradicionales) y me había acercado demasiado: los estruendos me aturdían, pero de cerca lograba observar la técnica. Pasaron varios minutos de golpes hasta que noté que la cara del músico se retorcía de dolor. “Calambre” –alcancé a distinguir. Inmediatamente, envalentonado por vaya a saber qué fuerza invocada por el ritmo, tomé el lugar de Kaneda. Pude llevar el tema bastante bien hasta que Kaneda-san hizo una cuenta regresiva desde cinco, dándome a entender que la música se interrumpía. Cinco, cuatro, tres, dos, ¡bum!
Luego él invitó unas copas (unos pocillitos, en realidad) en agradecimiento. Uno, dos, tres, cuatro, cinco minutos y éramos amigos. Buen tipo, de esos que uno conoce y al instante sabe que ya tiene un amigo al otro lado del mundo.

En fin, yo comía pulpo cuando nos encontramos por casualidad. En realidad habíamos quedado en reunirnos al día siguiente, pero bueno, estábamos ahí y había que hacerle los honores a la buena suerte.
-Increíble toparnos así en una ciudad con millones de habitantes –le dije.
-Ja ja, es cierto Santi-san –mi nombre es Santiago, pero mis amigos me dicen Santi, lo cual suena un tanto ridículo cuando uno se encuentra con un japonés respetuoso.
-Santi-san, estoy con un grupo de amigos y vamos a ver una obra Noh. ¿Quiere venir?
Si. Acepté con gusto.
Mientras nos dirigíamos al teatro agradecí no haber terminado en un bar karaoke o jugando videojuegos. No es que eso estuviera mal, sino que lo otro era tanto mejor.
Ya en las gradas, la expectativa me tenía flotando sobre mi asiento.
De pronto aparecieron algunos personajes: un guerrero, un zorro, una vieja bruja. Todo iba bien, pero en lo mejor de la trama ¡el actor que hacía de emperador cayó enfermo! Kaneda-san empezó a pedir que yo lo representara, riendo y recordando el día que nos habíamos hecho amigos. El grupo se sumó al pedido, hasta que acepté.
Ah, fue emocionante: hacia el final, la hermosa doncella (algo fea, pues era representada por un hombre) rechazaba al guerrero para casarse con un dragón.

Y esa es la historia de mi último viaje a Japón. ¿Te gustó?-Si, abu... pero, ¿qué “nisifica” Japón?

Friday, September 01, 2006

The sickness.

I woke up this morning and felt terribly sick. Didn’t know why so I assumed I had eaten something bad or had caught a strong flue.
None of that had happened.
I feel alright now except for a serious sense of desperation.
No synthoms.
None.
I just can’t stop thinking in english.
See, my eyes catch a picture of a football field from a magazine and I inmediatly think “a football field... photograph... magazine”.
I pass on to the texts and they’re written in spanish, of course, but I just cannot pronounce the symbols. My mind obstinately decodes in a foreign language.
This... thing (not even in english I know what to call it) is encreasingly taking me to a horrifying level of anxiety.
Shit I try to stay cool and think clear and I say: man, its cool, its just like that time when you were nine and the priest said that cursing at the Virgin Mary was a mortal sin and you just couldn’t stop it in your mind.
So just don’t mind about waking up and not being able to speak your own language and...
Damn, my mom just came in.
She says to come down and have lunch with everyone else.
I say "ok" by moving my head. I think I’m... nodding.

Tuesday, February 07, 2006

Las Fantásticas Amazonas del Litoral

Entre el ramerío de la Selva Misionera hay secretos pintados de verde, pintados para nunca, jamás, ser descubiertos. Parte de la sensualidad de la selva consiste en esos misterios. La totalidad del glam es responsabilidad de la tribu de amazonas descastadas que se vinieron al sur del Río Amazonas. La fauna es exuberante: hay muy lindas gringas y uno lagartos muy pintorescos también. Las amazonas son rubias corpulentas que directamente matan ellas los yacarés con las manos y se hacen las carteras en talleres comunitarios. Son diestras para esas cosas y tienen un gran desprecio por todos aquellos con poca habilidad manual.
Los tipos casi no entran a la selva. Ya nadie entra a ninguna parte, a decir verdad.