Un día de invierno venía yo caminando con mi reproductor de MP3 Bang&Oluffsen. Sonaba Possibly Maybe, de Bjork. Posiblemente, quizás, no estoy tan seguro. He perdido la precisión escandinava de tanto no viajar. Uno se vuelve más local mientras más permanece sin moverse.
Esto no pasa porque yendo a otros lugares otras costumbres suplanten a las propias. Lo que realmente sucede es que, quedándose, uno abandona el hábito de ir a otros sitios para llevar las propias costumbres (para dejarlas ahí, como un intercambio, a fin de que puedan disfrutarlas allá lejos)
En fin, al llegar a casa abandoné mi reproductor de MP3 sobre la cama. Estaba aturdido: me venían a la mente enormes barcos de madera de abetos, mascarones serpentiformes, largos remos, golpes espumosos contra la proa. Extrañaba viajar, eso es todo, sin duda –me dije.
Me dormí vestido. En medio de la noche sentí calor y me descubrí, convencido de estar tapado con pieles. Toda la mañana tuve una sensación de lo más incómoda.
¿Qué me pasa? –me preguntaba.
Ese día se fue tan lento que cada pensamiento alcanzaba a tomar la forma más definida. Como un artesano, fui tallando una idea noble. Esa noche armé un bolso. A la mañana compré un pasaje de ida a Oslo, desde donde me dirigiría a algún pueblo cercano. Los escandinavos no son muy espontáneos, de hecho planean muy bien sus viajes, pero qué decir.
Encontré una buena hostería para viajeros jóvenes. Backpackers. Extrañamente, no había casi extranjeros. Decidí que lo mejor era ir a un bar y mezclarse con los locales.
Por estos días, esta gente es de lo más civilizada y cuesta encontrar una taberna donde realmente suceda algo. Intuí que iba a durar poco en el lugar y empecé a planificar un escape hasta Irlanda, migrar como los antiguos. Tenía la determinación pero nada del carácter belicoso de aquellos. Bueno, uno de estos días cruzaría el mar.
En el bar, uno de los lugareños me miraba torvo. Era el único con barba ¿no deberían ser todos barbados y melenudos, en lugar de llevar el cabello tan corto y fino, y las caras límpidas y rosadas?
Se me acercó. “Se lo que está buscando” –me increpó al sentarse. ¿En qué idioma me habla? –recuerdo que pensé. Ordenó para ambos con un leve movimiento de cabeza. El cantinero, un tipo enorme y prolijo, me miraba inexpresivo al servirme aguardiente. El viejo –concluí que era viejo, pero no estaba seguro- me observaba, esperando que bebiera. Vacié el vaso de un trago mientras algunos se arrimaban hasta la barra. De pronto se abrazaban y comenzaban a canturrear, al principio muy suavemente, luego alzando la voz hasta entonar con vozarrones roncos y sonidos duros una canción. Mareado, los escuchaba como si conformaran un bosque que se mece y yo, diminuto, respirara hondo el viento fresco.
Como quien entra en un poema épico con sólo pararse sobre un manuscrito, empecé a imaginar que esto era lo que cantaban:
Los jarros en alto.
Un buen trago,
más que un sorbo
de esta bebida que,
a diferencia de la de ellos,
si requirió el trabajo de nuestras manos.
Este buen verano
nos sabe a un invierno helado
en el que sin embargo tuvimos calor.
Los jarros bien altos
como la última cebada
y la espuma rebotando contra la espuma.
El sonido de un tambor
que sólo se detiene cuando dejamos de navegar.
Un repique que se siente más fuerte
cuando nos duele el pecho
y tenemos que apretarlo con una mano.
Y la mano tiembla sin miedo:
un sabor difícil de describir,
como cuando lloramos al percibir belleza en algo.
Nuestro brebaje sí quita la sed
y puede tomarse a solas
-más no sin pensar en otros.
Y, oh, el humo que se resiste
a retirarse por la chimenea
en el centro del comedor.
Alrededor las mesas,
momentáneamente privadas
de vasos y cacharros.
Ya puede olerse el recuerdo
de la madera cortada
por una buena razón,
o saborearse el agridulce de la bebida
y la carne cocida con ciruelas.
Y oírse el redoble,
que sólo para cuando dejamos de remar,
pues aquél no llama a marchar:
es nuestra marcha la que hace sonar al tambor.
Lo último que oí fue como el trote brutal de cientos de hombres, o el golpe de cascos y relinchos. Desperté solo y babeándome sobre la barra. El cantinero enorme y rubicundo me esperaba paciente para limpiar el sector del mostrador que yo cubría.
Adelanté mi viaje a Irlanda. Intenté llegar hasta Westport con el menor número de enlaces posibles. Me sentía lleno de fantasmas y quería alejarme de un tiempo anterior que no sólo estaba en el pasado.
Una semana después ya estaba recuperado.
Todas las tardes iba a un pub donde las canciones y la cerveza eran lo habitual y de tanto en tanto las mujeres se reían de los hombres, tan cachetudos, rosados y entusiastas, o se sumaban al canto y al baile. De vez en cuando, si quería ver caballos, iba hasta la pista pero no apostaba. Otras veces, presenciaba campeonatos de fuerza y a veces hasta participaba de algunos. La cerveza tipo stout da gran vitalidad y si se la toma con ostras uno puede llegar a levantar grandes piedras o participar de un encuentro de hurling sin demasiado esfuerzo.
En una ocasión, un grupo de hombres se mostraba enormes tatuajes, desafiando al resto a superar el de cada quien. Otro gran grupo sin un solo tatuaje –en el que me incluía- se reía ante el espectáculo con complicidad. Cuando fue el turno de un viejo muy delgado, de barba larga, descubrió su espalda teñida por un gran círculo, dentro del cual tres espirales se arremolinaban y destejían hasta confluir en el centro.
La multitud había encontrado un ganador. Al festejar, victorioso, el viejo giró hacia mi. Pude distinguir su mirada torva, sólo que, en este caso, de mi lado. Era el viejo que sabía lo que yo buscaba.